Entrevista La Nación Revista: “Nací para bailar”

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Por Gabriela Cicero

Es elegante hasta para bajarse de su moto y sacudirse el pelo, aplastado por el casco. Juan Pablo Ledo (33), primer bailarín del Teatro Colón, llega de su ensayo con Paloma Herrera, un día antes de volar con ella a San Juan, para continuar acompañándola en su despedida de los escenarios del país, Asunción, Bogotá, Los Ángeles. Acaban de regresar de Nueva York, de la Gala Stars of Today Meet the Stars for Tomorrow, en el Koch Teather, del Lincoln Center, donde se produjo una vez más esa magia que sucede cada vez que suben juntos al escenario. Esa química, según Juan Pablo, se funda en la confianza, cuando se conectan con las miradas, en la respiración e incluso con la dinámica, en el caso de Paloma. “Pensá que nosotros no hablamos, todo lo manifestamos con la mirada, con lo gestos, con correr. Y no con todos tenés química. Me pasó mucho con Karina Olmedo, Laura Cucchetti y Silvina Cortés en el Teatro San Martín”.

Juan Pablo se compró la moto el año pasado. Necesita llegar más rápido. Es lo más parecido a un superhéroe sobre su moto, teniendo en cuenta que integra el selecto grupo de personas que sabe volar. Este año empezó con varias actividades: el show de su propia compañía de espectáculos, Ballet y Tango, en el teatro Metropolitan Citi (regresa en agosto); en marzo, en el lapso de una semana, hizo dos funciones en Salta con Paloma Herrera y, a la vez, fue parte del estreno de la temporada de ballet en el Colón, con la Gala Trilogía Neoclásica IV, con una coreografía de Mauricio Wainrot, Rapsodia sobre un tema de Paganini.

“Señora, este chico tiene que ejercitar los piecitos”, le había recomendado el pediatra a la mamá de Juan Pablo cuando tenía 7 años. Además de las plantillas, la madre no tuvo idea más brillante que mandarlo a danza, igual que a sus hermanas, Mariela y Belén, hoy bailarinas clásicas y de tango, que integran la compañía familiar, junto con sus padres, ambos abogados y productores artísticos. Todos bailan, menos los padres. Una de las hermanas, Mariela, es abogada, además de socióloga y politóloga. Al bailarín, le faltan dos años para recibir el título de abogado en la UBA. Todo, en paralelo. Una familia unida y marcada por la autoexigencia y multiplicidad de actividades.

¿Cómo fue tu primer contacto con el ballet?

Me llevaron y me gustó. La maestra enseguida dijo, este chico tiene algo. Fui bailarín desde chiquito, con naturalidad hasta para colocarme y estirarme. ¿Y eso dónde me lo enseñaron? Es un don de Dios. En la fiesta de fin de año de la academia hacía tap, ballet clásico, hice mi primer pas de deux a los siete. Hasta levantaba una bailarina. Me acuerdo de que mi papá fue a hablar con la profesora porque no quería que levantara a nadie porque era muy chiquito. A mi papá siempre le gustó que hiciera ballet, al día de hoy disfruta mucho al verme bailar.

prensa-150503-revista-lanacion-2¿Cómo fue eso de que te debatiste entre la danza y el fútbol?

Fue así. Me mandaron a fútbol antes que a ballet, en un club de barrio y me becaron en la escuela de Marangoni porque tenía mucho talento. Me encanta el fútbol, si no era la danza, hubiese sido mi actividad. Me gusta todo lo que es atlético, le pegaba muy bien con las dos piernas, a pesar de ser diestro. Tenía mucha velocidad. Jugué hasta los 14. Después las maestras de baile vieron que lo mío iba en serio y que yo tenía que empezar a dedicarme a full.

¿Cómo fueron tus primeros solos y cómo los vivís ahora?

La primera vez que hice un solo fue terrible. Te está mirando el mundo entero. Sentís tu propia presión más la externa. Me pasó lo mismo cuando ingresé al Nacional Buenos Aires. Me impactó el edificio, los corredores, me asusté. Pero soy de aclimatarme rápidamente. Como cuando empecé a rendir exámenes libres. Ahora el solo lo vivo con tanta alegría y sé que el público lo va a disfrutar. En un momento de mi vida entendí que lo estaba haciendo para Dios. Espiritualmente hablando, me siento más elevado. Es como salir del mundo terrenal. Empecé a disfrutar y a estar agradecido a Dios por la danza misma. Hoy lo mío lo vivo desde una madurez artística, de sentirme tan pleno, porque no estoy tan preocupado por la técnica, por el salto… eso ya está.

¿Con cuáles estilos te sentís mejor?

Me gustan todos. La danza jazz, el tap y el ballet. El contemporáneo me encanta. La verdad es que nací para bailar, no puedo hablar de un estilo. No soy un bailarín esquemático, cerrado. Soy muy abierto y no porque yo invente, porque los coreógrafos con los que trabajé vieron que podía con coreografías muy estructuradas, o muy desestructuradas (que son a la vez estructuradas en su lenguaje moderno). Y siempre encajé con ambos con facilidad. Siempre hablo del don de Dios, pero también de estudio. Hice una carrera al revés que la de un bailarín común. Volvía al Colón después de hacer contemporáneo con Wainrot. Al bailar ballet clásico, tenía algo distinto. Creo que lo que les gusta a los coreógrafos es que siempre hice propios los movimientos.

 

Fuente: Revista La Nación